CONSTRUYE PUENTES Y CAMBIA VIDAS

NOTA DE REDACCIÓN: Tony El Suizo es uno de los héroes que Honduras lleva en su corazón por venir y ayudar a construir puentes en las zonas más devastadas por el Mitch. Este es un recordatorio de las bendición que Dios le ha dado a Honduras de recibir la mano amiga de personas tan desinteresadas. Desde HONDURAS POSITIVA gracias Tony a nombre de todas las personas beneficiadas y del pueblo hondureño que lo considera su hermano.

Por Robert Kiener

Con una llave combinada en una mano y balanceándose a unos 18 metros de altura sobre un puente colgante a medio terminar en una aldea del oeste de Myanmar, Toni Ruttimann se siente en su elemento. Conocido en una docena de países como “el puentero” y “Toni el suizo”, este notable constructor autodidacta está ayudando a erigir un puente de 105 metros de largo sobre las fangosas aguas del río Daga.
Bajo un sol sofocante, Ruttimann, suizo de 47 años, se seca el sudor; apoyado en una angosta tabla de dos metros y medio de largo, se mueve velozmente por los cables de suspensión, apretando un perno tras otro con la llave mientras el puente va tomando forma. Al mismo tiempo, decenas de aldeanos que en el transcurso de las últimas semanas han ayudado a construir este puente, transportan y atornillan láminas de acero de 2.5 metros de largo para formar el piso de la estructura.
Con cada lámina que se coloca y cada perno que se aprieta, más cerca se ve la finalización de la obra. En poco tiempo, después de que se asegure el último cable, los habitantes del remoto pueblo de Nyaung Pin Seik no tendrán que volver a usar el viejo y costoso servicio de transbordador para cruzar el río. Los niños podrán ir a la escuela de forma más fácil y segura; los enfermos tardarán menos tiempo en llegar a la clínica, y los agricultores llevarán los frutos de la tierra y sus artesanías a la ciudad en carretas, bicicletas e incluso en motocicletas. La vida de todos mejorará sustancialmente.
“Hemos soñado con este puente durante años”, comenta U Soe, el líder de la aldea, mientras observa cómo Ruttimann y los vecinos trabajan en el puente. “Cambiará nuestra vida”.
Eso es justo lo que Toni Ruttimann ha hecho durante los últimos 30 años: cambiar vidas construyendo puentes. En 1987, consternado por la devastación que un terremoto provocó en Ecuador, se comprometió a “hacer algo” por los necesitados.
Después de recaudar donativos en su pueblo natal de Pontresina, Suiza, viajó a Ecuador para ver cómo podía ayudar. Era un joven de 19 años, y allí descubrió que muchas personas habían quedado aisladas del resto del mundo tras haber perdido su puente. Subsistiendo con el poco dinero que había llevado consigo desde Suiza y con el apoyo de un ingeniero holandés, Ruttimann ayudó a los aldeanos a construir un puente en cinco meses. Fue el primero que hizo. Había encontrado la misión de su vida.
En su viaje para “servir a la gente por todo el mundo”, Ruttimann se ha dedicado a construir puentes peatonales en países como Honduras, Camboya e Indonesia. Desde que empezó con esta singular forma de ayuda humanitaria, él y su equipo de leales soldadores han construido más de 660 puentes, que van desde 30 hasta 264 metros de longitud y dan servicio a 2 millones de personas. Con su tiempo distribuido entre Myanmar e Indonesia, Ruttimann y sus colaboradores edificarán 15 puentes en cada país este año. Tan sólo en Myanmar ya llevan 80.
Además, a través de Internet, dirige la construcción de 15 puentes en Ecuador y en otros países de Sudamérica, con el apoyo de su colega ecuatoriano Walter Yánez. Algunos de los puentes de Ruttimann reemplazan a otros que han sufrido daños o que han sido destruidos, pero la mayoría se erigen en lugares donde antes no existían. “Buscamos esos sitios, o los propios aldeanos acuden a nosotros para pedirnos un puente”, afirma.
Ruttimann realiza su labor sin hacer alardes publicitarios. Sólo acepta pequeños donativos de particulares, la mayoría procedentes de Suiza. Ha establecido una relación duradera con la empresa metalúrgica Tenaris, que ha aportado suficientes tubos de acero para construir unos 100 puentes, y con operadores de teleféricos que han donado nada menos que 370 kilómetros de cable, procedentes de estaciones de esquí suizas. Los aldeanos se comprometen a aportar la mano de obra y a comprar el cemento (de 200 a 500 sacos), la arena y la grava necesarios para construir los cimientos de su puente.
Ninguno de los donadores de Toni pide reconocimiento por contribuir con el envío de materiales. “Todos coinciden conmigo en que hacemos esto por la gente”, asegura. “Se trata de ayudar a los demás”.
Ruttimann rara vez concede entrevistas, y por lo común declina las invitaciones para recibir reconocimientos. “No se trata de buscar premios”, explica. “Construir puentes consiste en repartir amor a la gente y trabajar juntos”.
Por principio y para reducir gastos, Ruttimann viaja usando los medios más económicos que puede. Un día, para ir a Rangún, en vez de alquilar un auto hizo un viaje de cinco horas en un autobús atestado; después alguien lo llevó en motocicleta al sitio donde estaban construyendo un puente. Toni vive en una modesta pensión que tiene un cuarto de baño común provisto de un balde de agua fría que sirve de “ducha”.
Ruttimann siempre está activo: explorando lugares, construyendo puentes, coordinando la recepción de materiales y dirigiendo una pequeña cuadrilla de soldadores y ayudantes. Cuando le pregunto dónde está su oficina, ríe, abre su mochila y me muestra una computadora, una cámara digital y un teléfono celular. ¿Y su casa? “Es ésta”, señala, y abre otra mochila donde guarda varias mudas de ropa, un par de zapatos y una corbata.
Aunque su reputación se extiende por toda Asia y más allá, a menudo le lleva tiempo explicar su filosofía. Por ejemplo, luego de contarle a un funcionario del gobierno de Myanmar que construía puentes gratuitamente desde los 19 años y que quería seguir trabajando en el país, el funcionario replicó: “¿Gratis? Dígame la verdad. ¿Por qué hace esto?”, “veo el sufrimiento de pueblos que necesitan un puente, y sé cómo podemos ayudarlos”, explicó. “Nací para construir puentes y, sobre todo, me encanta hacerlo”.
Ruttimann no sólo consiguió el permiso para trabajar en Myanmar, sino que el gobierno le ofreció ayuda con los permisos para importar los cables y los tubos, así como predios y locales para reunir y almacenar los materiales donados.
Se han apretado los últimos pernos y algunos aldeanos están dando ya sus primeros pasos para cruzar el puente que atraviesa el río Daga. “Hay que ver cómo sonríen estas personas mientras recorren su nuevo puente”, dice Toni el suizo. “Ésta es una labor de amor”.

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